Son las 18.10 horas. Hace apenas un cuarto de  hora oigo un golpe muy fuerte. En la esquina, justo debajo de mi ventana, se ha producido un accidente de tráfico. Ha colisionado un coche con una moto. El motorista está tirado en el suelo sin moverse mientras unos vecinos le atienden. Hace un rato intentó levantarse, aturdido; ahora mismo sólo permanece tumbado.

No he podido ver el accidente pero por la dirección de los vehículos, el coche se ha saltado el ceda el paso. El conductor del coche ha salido exaltado, increpando al pobre motorista malherido. Menos mal que los ciudadanos le han reprendido.

La policía ha llegado ahora y están tomando los datos del tipo del coche. No pone cara de buenos amigos. Lógico, es su culpa. La ambulancia también ha llegado. Los enfermeros acaban de inmovilizar al motorista – un crío, no aparenta llegar a la veintena – y lo trasladan en camilla. Parece estar bien, en parte gracias al casco.

Y mientras el estúpido conductor sigue con sus aires de “soy el rey de la carretera y ese chaval no tiene ni idea de conducción”. Claro, como las motos siempre tienen las de perder… Señor, usted se ha saltado un ceda el paso (es de lo que le ha acusado la policía finalmente) y ha arrollado a un motorista que cumplía con las normas de circulación.

Cada día estoy más convencida de que los carnés de conducir los regalan. Sólo me queda descubrir dónde para saber si tienen uno para mí también.

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